La semaine dernière, à l’occasion de la sortie du livre The Clash [1], un article paru dans El País revient sur la carrière de ce grand groupe punk qui fut emblématique de toute une génération:
La gran farsa de The Clash
DIEGO A. MANRIQUE 25/10/2008
Acaba de llegar el eco del fallecimiento de Ray Lowry. Era un gigante del humor británico, autor de tiras verbosas y abigarradas para The Guardian o Private Eye. Pero el titular de la necrológica se detiene en una anécdota profesional: “Muere el diseñador de la portada de London calling”. Queda claro que The Clash fue la gran aventura de una generación, marcando a todos los que estuvieron en contacto con ellos.
Partiendo del punk con dientes de sierra, ellos zapearon por la historia del rock a la vez que establecían una improbable alianza con el reggae. En la segunda mitad de su carrera, se abrieron a (su idea de) los ritmos latinos y abrazaron los hallazgos del hip hop. Fueron ocho años imparables, que han quedado retratados en abundantes memorias, libros de fotografías, documentales guerrilleros. Ahora aparece la biografía oficial; a primera vista, choca que sea un monumental libro para la mesa del salón. Predomina el elemento gráfico: se reproducen octavillas, anuncios, entradas, carteles, chapas, pases, portadas (de discos, programas, revistas), listados de canciones, letras, telegramas, postales, páginas (de fanzines, songbooks, diarios, agendas, cómics, guiones), recortes de prensa, regalos de fans, galletas de discos y hasta una de las crónicas dibujadas de Ray Lowry.
Forma ¿y sustancia? Como en The Beatles’ anthology, aquí sólo hablan los músicos (y no todos). Breves textos anónimos sitúan cada periodo y sigue un collage de recuerdos de Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y Topper Headon.
Ésta es la “versión autorizada” de una epopeya masculina. Desaparecen sus mujeres, que quizás explicarían muchas claves. La relación de Mick Jones con la cantante neoyorquina Ellen Foley, que aclara su adhesión a las técnicas del “recorto y pego”: el británico estaba allí cuando, desde el Bronx, los ritmos y las rimas del rap invadieron Manhattan. Igual que la atracción de Joe Strummer por España, inmortalizada en Spanish bombs. Y el magnetismo sexual, encarnado en el bajista Paul Simonon, un romeo que incluso atrajo a la diosa Patti Smith. Se cuenta finamente: “Después del concierto, Patti me invitó a comer en su hotel y, como estaba muerto de hambre, acepté, por supuesto. Además, me regaló un mono de trabajo y el billete de cien dólares con el que le compré otro a Joe”.
Sugerente: un gigoló de la era punk. En todo caso, suena más humanizador que las fantasías de Strummer como pistolero, (hijo de un) ladrón de bancos o terrorista. En el concierto de presentación de Rock contra el Racismo en 1978, Joe modeló una camiseta de las Brigadas Rojas: “Me la puse porque no creía que estuvieran recibiendo la cobertura mediática que merecían. Después de que dispararan a Aldo Moro, el equivalente italiano a Winston Churchill, acababan cada día con un empresario”.
Durante años, Joe ocultó que se llamaba John Mellor y que era hijo de diplomático: la clase media no tenía glamour y él se desclasó. De ahí su seudónimo, un nombre vulgar con ese apellido proletario (strummer significa rasgueador, es decir, guitarrista elemental). Con el fenómeno del punk, olvidó el folk y enfatizó sus trabajos más pintorescos -¡enterrador!- y su temporada como okupa, cobrando del paro. Strummer reconocía que el nuevo movimiento tenía mucho de secta: “El día que me uní a The Clash fue como volver a la casilla de inicio, al año cero. Parte del punk consistía en desprenderte de todo lo que conocías antes. Éramos casi estalinistas, porque insistíamos en que había que deshacerse de las viejas amistades y de nuestra manera de tocar en un intento febril por crear algo nuevo”.
En su descargo, recordemos que The Clash fueron punkis heterodoxos, que pronto enriquecieron el sonido arquetípico con aproximaciones a fórmulas clásicas, del R & B de Nueva Orleans a Motown. Les honra que, en sus giras por Estados Unidos, contaran con veteranos olvidados como Bo Diddley o con creadores de otros mundos musicales, del vaquero Joe Ely a los raperos de Grandmaster Flash. Unos detalles no apreciados por el sector más cerril de sus devotos.
Al mismo tiempo, ejercían de dandis. Finalmente, eran un grupo pop británico y eso exigía lucir diferentes: camisas customizadas con plantillas y ropa pintada a lo Jackson Pollock; luego, llegarían las prendas militares, tan baratas como intimidantes, y el look del rockabilly. Igualmente, no tragaron con el “háztelo tú mismo”, que exigía autoeditarse o pactar con una independiente: ficharon con CBS, la mayor discográfica del planeta. La primera vez que me crucé con The Clash fue en la convención mundial de CBS en 1977, en un lujoso hotel londinense. Estaban en un rincón, formando piña e ignorando a los boquiabiertos ejecutivos, pero allí estaban.
Flirtearon con el gran negocio del rock. El vibrante disco-libro Live at Shea Stadium les muestra tocando ante 70.000 neoyorquinos, como teloneros de The Who. Lo que vieron en aquel backstage fue un aviso: aparte de Pete Townshend, el resto del grupo estelar les ignoró. Cada miembro de The Who llegó al estadio en su limusina particular: ellos viajaron juntos en un descapotable…, con un coche extra desde donde les filmaban y fotografiaban; pocos grupos tan conscientes de la necesidad de automitificarse.
Alardeaban de sinceridad. Echaron al baterista, Topper Headon, por su adicción a la heroína (algo que no le impidió componer su canción más popular, Rock the casbah). Strummer no podía tolerar semejante disonancia en su mensaje público contra las drogas. Huele a hipocresía: todos ellos usaban sustancias, aunque eso no se mencione hoy; el documental de Julian Temple, Joe Strummer: vida o muerte de un cantante, esquiva cuidadosamente su alcoholismo.
El final del libro evidencia las limitaciones del formato de declaraciones-más-imágenes. Entramos en territorio de intrigas florentinas, donde Joe Strummer conspira con su megalómano mánager intermitente, Bernie Rhodes, para despedir al otro líder creativo, Mick Jones. Sí, una purga, tan desastrosa e inmoral como las de Joe Stalin. Se intentó mantener el grupo con otra formación, dos años miserables aquí resumidos en una sola página. Un desenlace indigno que no empaña la grandeza de The Clash.
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L’article est dur et n’hésite pas à nous présenter les Clash comme des guignols pétris de contradictions. Qu’en est-il?
Le mouvement punk est une sous-culture de la classe ouvrière qui se conçoit comme une résistance. Pourtant comme nombre d’artistes engagés, de professionnels de la révolte et autres défenseurs des opprimés, les Clash n’étaient pas de vrais prolos. Joe Strummer est un fils à papa qui trouve sa raison d’être dans une posture de rebelle donneur de leçons. Il joue les durs et chante “White Riot ” en référence aux émeutes raciales qui éclatèrent en 1976 durant le Carnaval de Notting Hill. En réponse, un groupe de Leeds, les Mekons, publia en janvier 1978 un premier single tout en ironie qui s’intitulait “Never Been In A Riot” [2]. Aux yeux de la presse, la crédibilité des Clash reposait sur le fait qu’ils sont «le seul groupe radical et politisé de la New Wave» comme l’a écrit Alain PACADIS en 1977 dans son compte rendu du festival punk de Mont-de-Marsan. À l’inverse, les Damned, leurs rivaux directs au sein du mouvement punk, étaient de vrais prolos: avant de fonder le groupe, Rat Scabies et Captain Sensible gagnaient leur vie en nettoyant les chiottes du Croydon Fairfield Hall. Et, par leur anarchisme de prolo, ils n’ont rien à foutre des postures politiques à deux sous des fils de bourgeois [3]:
Rat: “The Clash used to talk politics, but all their songs were about the headlines. You’d read the paper and the new Mick Jones song the next week would be the same headlines. They were observers looking at what was going on around them. The Pistols tended to put feelings of what it was like in their environment into their songs. To me, the Damned were the ones that managed to shrugg off the despair. That was the most constructive things. We didn’t wallow into our own misery. We knew we weren’t cut out to do nine to five jobs. Music was our way out. It wasn’t the last desperate straw.”
Captain: “The Damned were unhip because we said things like “Give us the cash, I want a truckload of it.” At the time, they were all lying, the others. We were so brutally honest. I really thought there was a philosophy involved. The Damned expressed it best. Some groups were saying all the answers to the world’s problems are this way or that way and the Damned were just saying “Politics aren’t going to solve your problems”. No matter what system you live under, there’s always going to be someone at the bottom of the piles”.
Si les Damned n’étaient pas politisés, ils étaient sincères et restèrent fidèles au dogme punk du “Do It Yourself” en publiant leurs premiers disques chez Stiff records, un label indépendant, alors que les Clash ou les Sex Pistols n’eurent pas ces scrupules et signèrent avec des multinationales, respectivement CBS et EMI. Plus tard, les Clash, qui chantaient “So Bored with the USA” sur leur premier album, s’empressèrent de faire la tournée des grands stades aux États-Unis en première partie des Who.
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[1] The Clash: Strummer, Jones, Simonon, Headon, Traducción de Efrén del Valle, Global Rhythm Press. Barcelona, 2008, 384 páginas.
[2] The MEKONS. Never Been In A Riot / 32 Weeks, Heart and Soul ( January 20, 1978 – 7″ on Fast Product, UK [FAST 1])
[3] Carol CLERK. The light at the end of the tunnel, London, Omnibus Press, 1987, 96 pages.